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El valor de las palabras

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Hace poco más de un año, el amigo Carlos Blanc Portas, tuvo la generosidad de comentar uno de mis haikus. Esta mañana releí su comentario y, no sin un poquito de pudor, quiero compartirlo con ustedes. Saludos desde La Habana.

***

Árbol sagrado…
Recordando su aroma
y no su nombre

Lo esencial de este haiku no se deja comentar, so pena de trivializarlo. Todo él respira un profundo respeto hacia una dimensión sagrada que estará siempre más allá de lo que nos transmiten los sentidos, y que solo puede percibir el que tiene fe en su realidad. El autor, de todos modos, no nos dice que él la perciba, pero está claro que la respeta. Pudiera ser que alguien le hubiera señalado el árbol y le hubiera dicho que se trataba de un árbol sagrado; pero esto no quiere decir que el autor, de entrada, lo crea o no lo crea. Digamos que lo escucha con respeto, abriendo su conciencia a esa posible realidad.

Luego, con el tiempo, o sea, en el recuerdo, se da cuenta de que algo especial ha quedado asociado a la experiencia de estar ante ese árbol. El haiku surge, por tanto, desde el recuerdo, como una especie de signo de interrogación que apunta a una respuesta afirmativa: es un árbol especial.

Dicho esto, sería fácil dejarse llevar por conclusiones precipitadas, y alguien podría decir que este haiku viene a demostrar que la esencia de la realidad (lo sagrado) no está en las palabras (el nombre del árbol) sino en las sensaciones (su aroma). Como si las palabras fueran algo superficial que se puede olvidar sin que por ello resulte afectado el núcleo verdadero de las cosas. Sin embargo, ¿podríamos recordar un aroma sin pronunciar las palabras “recuerdo su aroma”, “recuerdo el aroma de aquél árbol”? ¿No se perdería junto con el lenguaje el recuerdo al que remite? Es, por tanto, más bien al contrario: como si el lenguaje fuera aquello en lo que quedan fijadas las experiencias, su soporte, igual que la esencia líquida de un perfume es el soporte del aroma que desprende.

Ciertamente, aquí lo de menos es el nombre concreto del árbol, pero no porque las palabras no tengan importancia (¡son esenciales!) sino porque la experiencia a la que hace referencia el poeta no ha quedado “guardada” en el nombre de una especie vegetal, sino en un aroma.

Por lo demás, no olvidemos que el poeta aquí no está oliendo nada, sino solo recordando lo que olió. ¿Los recuerdos tienen olor? Evidentemente no. Lo que el poeta recuerda es lo que sintió cuando olió el aroma de aquel árbol. Y reconocerá ese olor si vuelve a estar ante él, pero no porque lo compare con un olor igual guardado en su mente, sino porque ese aroma despertará en su mente la misma sensación (las mismas sensaciones) que despertó en él el aroma del árbol sagrado.

Publicado el 9 de Septiembre por Carlos Blanc Portas
Fuente: Haiku y Poesía

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Jugando al pon…

hoja de almendro1

Jugando al pon…
Una hoja de almendro
cayó en el nueve

Sombra otoñal
Donde juegan al pon,
la hoja de almendro

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Patalea el gorgojo

agua de arroz

Patalea el gorgojo
en la quietud del agua
donde lavaron arroz

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Nubes nocturnas

Urtica_parviflora

Nubes nocturnas.
Se apaga y brilla el rocío
en las ortigas.

José Manuel Rodríguez

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Pinar costero

Muñeca de trapo 1

Pinar costero
Ahorcada en una rama,
la muñeca de trapo

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Rodilla en tierra…

Rosa de Alabastro 2

Rodilla en tierra…
La Rosa de Alabastro
ya floreció

Rosa de Alabastro 1

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Recolección

Guayaba con bichos

Recolección:
estampida de bichos
en la guayaba

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Ola de calor

Almendras 1

Ola de calor
Un viejo parte almendras
para un niño

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Solo frescura

Pilea_microphylla

solo frescura*
a los lados del trillo
que va a la casa

José Manuel Rodríguez
(La Habana, Cuba)

*Pilea microphylla. Fam. Urticáceas

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Robles blancos alegran La Habana

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Texto e imágenes: Ladyrene Pérez

La Habana está invadida ahora mismo de robles blancos que alegran casi cualquier lugar al que se mire, no importa si es una calle que sale al Malecón, un parque o una esquina atravesada por un latón de basura. El de la bicicleta pasa y ni se da cuenta de que camina sobre una lluvia de flores. La gente va y viene con ajetreado paso mientras le caen encima botones rosados. Un gorrión sacude las alas antes de echarse a volar y avienta millones de minúsculas partículas de polen. Hay alfombras tornasoladas sobre el césped de la ciudad. ¿Quién dice que en Cuba solo hay dos estaciones, el verano y el invierno? Deténgase aquí y véalo. Es mayo y tenemos primavera.

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Fuente: Cubadebate

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