Tag Archive: Arte japonés

¡Quédate inmóvil!

ANÓNIMO

Jitto shite in ato hitai no ka wo koroshi

“¡Quédate inmóvil!”
En la frente del otro
mata al mosquito.

Esto es senryu: aquí se juntan humor y poesía. La intención de los dos rostros, uno activo, el otro pasivo. Sin pensamiento, sin moralidad ni belleza, la escena tiene una espontaneidad, una ineluctable irrevocabilidad que nos remite a una pintura de Paul Klee.


Blyth, R.H Japanese Life and Character in Senryu. Hokuseido Press. Tokyo, 1960

Versión Libre: Jorge Braulio

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Los monjes, no

Saiwa ni hito ga shinu node sô uezu

Afortunadamente,
se muere el pueblo de hambre.
Los monjes, no.

Inoue Kenkabô (1870-1934)
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Senryu de Año Nuevo

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Hace dos siglos, el pueblo de Edo llevaba una vida social y familiar plenas, en armonía con las estaciones y las correspondientes labores humanas. Cada evento u ocasión tenía su sabor, al cual el senryu añade su sazón especial. Podemos decir que quien ve y aprecia la vida anual del pueblo con ese ojo amorosamente malicioso, lo conoce mucho mejor que lo que él se conoce.
Aún existe en Japón la costumbre de trabajar tan poco como sea posible en Año Nuevo y tampoco discutir, reñir o apesadumbrarse en este día.

ANÓNIMO

Ganjitsu ni naku wa nanasai miman nari

El que grita en Año Nuevo,
aún no ha cumplido
los siete años.

***

ANÓNIMO

Ganjitsu no kogoto nama yoi nareba nari

¡Refunfuña
en Año Nuevo!
Aún está medio borracho.

***

ANÓNIMO

Ganjitsu ni ikeshâshâ to yamigaeri

Día de Año Nuevo:
el descarado
resucitó.

Cierto hombre simplemente no podía pagar sus deudas el 31 de diciembre, así que se fingió muerto. El acreedor no pudo cobrarle a la mujer que estaba simulando los alaridos. Pero al día siguiente, Año Nuevo, se encontraron y el acreedor gritó: “¡Pensé que estaba muerto!” “¡Así fue, pero resucité hoy!” Esta parece una historia improbable, pero tomando en consideración que ocurre en el período Edo y conociendo las costumbres de Año Nuevo, así como el carácter de los japoneses, no es del todo increíble.

***

ANÓNIMO

Ebisukô shigonichi hone wo shaburaseru

Fiesta de Ebisu.
Tendrán que chupar huesos
por varios días.

El 20 de enero, en las tiendas japonesas celebran la festividad de Ebisu, el dios de los negocios. Los tenderos hacen una fiesta para sus conocidos, familiares, clientes y criados. El amo no debe reñirles a éstos últimos en esa jornada. Durante los cuatro o cinco días que siguen a la fiesta, los criados tienen que comer las sobras de la comida.

Fuente:
R. H. Blyth: Japanese Life and Character in Senryu. Hokuseido Press. Tokyo, 1960
Traducción y selección: JB

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10 principios de la estética japonesa

Antes de que los estudios occidentales sobre estética dentro de la filosofía llegaran a Japón, éste ya había determinado algunos conceptos que más o menos definían la estética. Estos conceptos son abstractos y difíciles de definir en términos occidentales, al grado que expresiones que se transportan a los demás idiomas como tal. A continuación la definición de10 principios de estética japonesa y una definición aproximada de los mismos.

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1. Kanzo (簡素): Simpleza o eliminación de excedentes. Las cosas se expresan de una manera llana, simple y natural. Nos recuerda en no pensar en términos de decoración sino de claridad, un tipo de claridad que puede ser alcanzada a través de la omisión o exclusión de lo no esencial.

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2. Fukinsei (不均整): Asimetría o irregularidad. La idea de que el balance regulador en una composición por medio de la irregularidad y la asimetría es un precepto central de la estética japonesa. El enso (“círculo zen“) en la pintura, por ejemplo, es dibujado frecuentemente como un círculo incompleto, simbolizando la imperfección como parte de la existencia. En diseño gráfico también el balance asimétrico es dinámico y bello. Intenta ver (o crear) belleza a través de la asimetría balanceada. La naturaleza misma está llena de relaciones de belleza y armonía que son asimétricas y sin embargo balanceadas. Ésta es la belleza dinámica que atrae.

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3. Shibumi(渋味):  Bello siendo discreto, o ser precisamente lo que se tiene como propósito y no elaborado. Debe ser de una forma directa y simple, sin ser ostentoso. La simplicidad elegante, la brevedad articulada. En ocasiones el término se usa hoy en día para describir algo bello y minimalista, incluyendo tecnología y algunos productos de consumo.Shibui ( 渋い) literalmente significa “amargo”.

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4. Shizen (自然): Naturaleza. La ausencia de pretensiones o de artificio, un propósito completamente creativo y sin ser forzado. Irónicamente, la naturaleza espontánea del Jardín japonés que el espectador observa no es accidental. Es un recordatorio de que el diseño no es un accidente, incluso cuando intentamos crear un ambiente con sentimiento de naturalidad. No es la naturaleza cruda como tal, sino una con mayor propósito e intención.

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5. Yūgen (幽玄): Sutileza, belleza escondida, profundidad misteriosa, lo oculto. Un jardín japonés, por ejemplo, puede decirse que es una colección de sutilezas y elementos simbólicos. Fotógrafos y diseñadores pueden pensar en muchas formas de implicar visualmente más sin enseñar el todo, es decir, enseñar más enseñando menos.

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6. Datsuzoku (脱俗): Libertad del rigor o la fórmula. Escapar de la rutina diaria o de lo ordinario. Fuera de este mundo. Trascender de lo convencional. Estos principios describen la sensación de sorpresa y asombro cuando uno se da cuenta que puede ser libre de lo convencional. La profesora Tierney dice que el jardín japonés está en sí mismo “hecho de materias primas de la naturaleza y su logro en revelar la esencia de lo natural como una sorpresa final. Muchas sorpresas están a la espera a la vuelta de un jardín japonés”.

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7. Seijaku (静寂): Tranquilidad o una calma energizada, quietud, silencio, soledad. Se relaciona con el sentimiento que se tiene en un jardín japonés. El sentimiento opuesto al de seijaku sería el ruido y la perturbación. Llegar a una sensación de “calma activa” y quietud.

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8. Wa (和): Armonía, paz, balance. El kanji 「和」designa algo japonés o  hecho en japón, como en 「和食」(comida japonesa);「和室」, habitación japonesa; 「和服」, vestimenta japonesa; o「和傘」, sombrilla japonesa. La idea de armonía y balance es fundamental en la cultura japonesa y en las relaciones humanas. La armonía es el aspecto clave para desarrollar la sensibilidad en Japón. Estéticamente, wa es fundamental para cualquier buen diseño.

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9. Ma (間): El vacío, intervalo de espacio o de tiempo. El concepto de ma puede encontrarse en muchas de las artes zen, incluyendo los jardines tradicionales y el ikebanaelteatro nohetcétera. Ma no significa el tipo de espacio vacío que está en el fondo; el vacío es frecuentemente preparado para ser un punto focal. Ma permite una sensación de energía o de movimiento dentro del diseño. Ma puede mostrarse en la música tradicional en forma de silencio o pausas. En ikebana la idea del vacío permite a cada flor respirar y también revela los contrastes y el balance del arreglo asimétrico.

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10. Yohaku no bi (余白の美): Apreciación de la belleza que se encuentra en lo tácito, lo implicado o lo que no se expresa en una obra de arte. Una idea moderna aproximada es “menos es más”. Su enfoque está en lo que se deja fuera. Se relaciona con la idea de ku (vacío) y mu (la nada). Se puede observar expresado en los jardines zen que consisten en grandes secciones de arena rastrillada o grava y en pinturas de tinta que dejan grandes porciones de papel sin tocar. El término literalmente significa “belleza de lo extra blanco”. Aunque el término data de hace siglos, todavía se puede escuchar hoy en día.

Fuente: Conoce Japón

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Hormigas

Ant on a Stone Mill

Shira ame ni hashirikudaru ya take no ari

Lluvia vespertina:
Las hormigas bajan corriendo
de los bambúes.

Jôsô

El toque de Zen aquí está en lo inexpresado y, por consiguiente, en el sentimiento más conmovedor de la unidad de nuestra vida con la de la naturaleza. Esto se siente en el atropellado descenso de las hormigas por los troncos de los bambúes, las mismas hormigas que parecían haberse pasado el día subiendo por ellos.

Ari nagasu kodo no ôame to nari no keri

Arrecia más la lluvia,
arrastra
las hormigas.

Kuson

Más que una expresión de piedad por las hormigas, es una descripción de la lluvia de verano. Podemos decir lo mismo, incluso de la siguiente por Gyôdai:

Yukue naki ari no sumika ya satsukiame

No hay dónde ir…
El nido de las hormigas
bajo la lluvia estival.

Haari tobu ya fuji no susono no koie yori

Vuelan hormigas aladas,
desde la casita,
hasta el pie del Monte Fuji.

Buson

Este puede ser una reminiscencia de los comienzos de Sôshi. Las hormigas aladas, una casa pequeña, el Monte Fuji: he aquí una graduación del tamaño, una relatividad que muestra el sentido de la mera cantidad. En estos versos hay un misterio semejante al de Alicia en el país de las maravillas, pero no tan obvio.

Fuente:
R. H. Blyth: Haiku. Vol. III. Hokuseido, Tokyo, 1962.
versión libre: JB

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Hokusai

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En su libro Espejos -Una historia casi universal-, el escritor uruguayo Eduardo Galeano nos dejó una sintética estampa de Katsushika Hokusai. Que su lectura sea una incitación para conocer más acerca de la vida y la obra de este genio del arte japonés.

***

Hokusai, el más famoso artista de toda la historia del Japón, decía que su país era tierra flotante. Con lacónica elegancia, él supo verla y ofrecerla.

Había nacido llamándose Kawamura Tokitaro y murió llamándose Fujiwara Iitsu. En el camino, cambió de nombre y apellido treinta veces, por sus treinta renacimientos en el arte o en la vida, y noventa y tres veces se mudó de casa.

Nunca salió de pobre, aunque trabajando desde el amanecer hasta la noche creó nada menos que treinta mil pinturas y grabados.

Sobre su obra, escribió:

De todo lo que dibujé antes de mis setenta años, no hay nada que valga la pena. A la edad de setenta y dos, finalmente he aprendido algo sobre la verdadera calidad de los pájaros, animales, insectos y peces, y sobre la vital naturaleza de las hierbas y los árboles. Cuando tenga cien años, seré maravilloso.

De los noventa no pasó.

Eduardo Galeano

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La Morada de las Ilusiones

hiroshige_luna de otoño sobre el ishiyama

Más allá de Ishiyama, detrás del monte Iwama, hay una colina llamada Kokubuyama. El nombre, creo que es una alusión al monasterio provincial (Kokubun-ji). Si se cruza el estrecho arroyo que corre a sus pies y se sube la pendiente, luego de tres curvas que están a doscientos pasos una de otra, se llega al santuario del dios Hachiman. El objeto de culto es una estatua del Buda Amida. Esta es una de las cosas que más aborrecen en la escuela Yuiitsu, aunque considero que resulta admirable, como afirma Ryôbu, que los bodhisattvas atenúen sus luminosidades y se mezclen con el polvo para beneficiar al mundo.

Hay días en que ni un fiel visita este santuario donde reina un silencio misterioso. Junto a él, una choza abandonada, con su puerta de juncos: las zarzas y las hierbas de bambú invaden los aleros; goteras en el techo; el estuco caído de las paredes… Los zorros y los tejones han hecho allí su madriguera. La llaman Genjû-an. Su propietario era un monje, tío del guerrero Suganuma Kyokusui. Hace ocho años que desapareció, no queda nada de él, sino su nombre: el Viejo Genjû.

Hace unos diez años que renuncié a la vida en la ciudad y, ya próximo a los cincuenta, soy como un gusano que perdió su capullo, como un caracol sin su coraza. He bronceado mi rostro con el cálido sol de Kisagata en Dewa, y magullado mis talones en las playas ásperas del mar del Norte, donde las altas dunas dificultan el andar, y este año aquí estoy, a la deriva, entre las olas del lago Biwa. El somormujo adhiere su nido flotante a un solo hilo de caña para evitar que lo arrastre la corriente. Con un pensamiento similar, reforcé con más paja el alero de la cabaña, cubrí los huecos de la valla, y, al comienzo del cuarto mes, primero del verano, me mudé a ella, pensando que sería apenas una breve estancia. Ahora, sin embargo, comienzo a preguntarme si la voy a dejar alguna vez.

No se ha ido del todo la primavera. Todavía florecen las azaleas, las glicinas silvestres cubren los pinos y, de vez en cuando, pasa un cuco. Recibo el saludo de los arrendajos y disfruto cuando los pájaros carpinteros vienen a picotear. Siento como si mi espíritu hubiera se desplazado a China para ver el paisaje en Wu o Chu, como si estuviese de pie junto a los encantadores ríos Xiao y Xiang, o a la orilla del lago Dongting. Detrás de mí, hacia el sudeste, se alza la montaña y las casas más próximas se hallan a una buena distancia. Las fragantes brisas del sur soplan desde las cimas, y el viento del norte se refresca en el lago.

El monte Hie, el alto pico Hira y, al lado de ellos, los pinos de Karasaki velados por la niebla; y también un castillo, un puente y barcos de pesca en el lago. Las voces de los leñadores en su camino a Kasatori, y la canción de las plantadoras en los pequeños campos de arroz al pie de la colina. Las luciérnagas tejiendo el aire en la penumbra de la noche, el áspero silbido de los rascones. Y el Mikamiyama, que se parece un poco al Fuji y me recuerda mi vieja casa en Musashino, mientras que el monte Takanami me hace rememorar a todos los poetas de la antigüedad que se asocian a él. Otras montañas son: la Cima de la Hierba de Bambú, la Cumbre de Mil Yardas, el Hakama Estrecho… Hay una Aldea del Remanso Negro donde el follaje es tan denso y oscuro que cuando los hombres tienden sus aparejos de pesca, se ve exactamente como se describe en el Manyôshû.

Para tener una vista mejor de los alrededores, equipado con una estera de paja, he subido a la altura detrás de mi cabaña, donde preparé una plataforma entre los pinos. Le llamo la Atalaya del Mono. No estoy en el grupo de esos excéntricos chinos como Xu Juan, que se construyó un nido en un manzano silvestre para allí dedicarse a la bebida, ni como el viejo Wang, que hizo su refugio en la cima de Shubo. Apenas soy un habitante de la montaña, tranquilo por naturaleza, que ha vuelto sus pasos a las empinadas cuestas y se sienta aquí, en las vacías colinas, para despiojarse.

A veces, cuando tengo buen estado de ánimo, acarreo agua clara desde el valle y cocino mi comida. El goteo del manantial alivia mi soledad, y con mi pequeña estufa, todo puede ser de cualquier modo, menos confuso. El hombre que vivió aquí antes era verdaderamente noble de corazón. No se preocupó por elaboradas construcciones: una pequeña pieza para la imagen de Buda y un espacio para los enseres del dormitorio.

Un eminente monje del Monte Kôra, en Tsukushi, hijo de un tal Kai del santuario de Kamo, viajaría pronto a Kyoto, y le mandé a preguntar con alguien si podría hacerme una caligrafía. Sin hacerse de rogar, mojó su pincel y escribió en una tabla los tres caracteres: Gen-jû-an. Se ha convertido en la enseña de mi choza de paja.

Hogar de la Montaña, Reposo del Viajero, como quiera que se le llame, es el tipo de lugar en el que no se necesita un gran número de pertenencias. Un sombrero de corteza de ciprés de Kiso; y de Koshi, una capa de juncos para la lluvia; todo, colgado en un poste sobre mi almohada. Durante el día, de vez en cuando, me distraigo con la gente que se detiene para visitarme. El anciano que cuida del santuario o los hombres de la aldea que vienen a contarme sobre el jabalí que se está comiendo las plantas de arroz, o los conejos que se meten en los sembrados de frijol, historias campesinas que son bastante nuevas para mí. Cuando el sol roza la cresta de los montes, me siento en medio del silencio nocturno para esperar a la luna, así tendré una sombra por compañía, o enciendo una lámpara y hablo del bien y el mal con mi silueta.

No soy ciertamente del tipo que, enamorado de la soledad, oculta todo rastro de sí mismo en los valles y montañas. Pero agobiado por una frecuente enfermedad y cansado de tratar con la gente, ahora me parezco a quienes han renunciado al mundo. Una y otra vez repaso los errores que he cometido por torpeza en todos estos años. Hubo un tiempo en el que envidié a quienes ostentaban cargos gubernamentales o impresionantes señoríos, y en otra ocasión consideré entrar en los recintos de Buda y las salas de enseñanza de los patriarcas. En vez de eso, he maltratado mi cuerpo en un peregrinar tan azaroso como el de las nubes a merced de los vientos, y me ocupé de cantar los sentimientos que evocan flores y las aves. He logrado ganarme así la vida y, finalmente, poco diestro y sin talento como soy, me entrego totalmente a esta única preocupación: la poesía. Bo Juyi bregó tanto con ella que casi arruina sus cinco órganos vitales, y Du Fu enflaqueció y se consumió por su causa. En lo que respecta a la inteligencia y calidad de sus escritos, nunca podría compararme con tales hombres. Y sin embargo, ¿acaso no vivimos todos en una morada de ilusiones? Pero basta ya. Hay que dormir.

Bosque estival.
Bajo el árbol de shii
encuentro amparo.

Matsuo Bashô

Versión en español: JB.

Bibliografía consultada:
Haruo Shirane: The Poetry and Prose of Matsuo Bashô.
Makoto Ueda: Matsuo Bashô. Kondansha International. Tokyo and New York, 1988.
Sieffert, René: Bashô, Journaux de voyage. Publications orientalistes de France. Paris, 1988

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Occidente y Japón, romance con buenos augurios

Contrapartida: El Baron Tsunayoshi Megata, en los años veinte del pasado siglo, llevó el tango A Japón.

Contrapartida: El Baron Tsunayoshi Megata, en los años veinte del pasado siglo, llevó el tango a Japón.

NIPOMANIA. La cultura japonesa ya es otra pasión argentina; lo demuestran lanzamientos editoriales y una movida independiente

Diana Fernández Irusta

Ni livianos ni pesados: con algo de rugosidad suave, los tazones son discretos, sólidos. La mujer los deposita sobre la mesa. Abre una pequeña lata, saca dos cucharadas de té, las distribuye, vuelca el agua humeante. Sin apuro (tampoco con morosidad; en sus gestos reina la medida justa), toma un cepillo de bambú y sacude levemente: el té verde toma una consistencia espumosa, que se transformará en un sabor neto, lejanamente ácido, ajeno a las estridencias. Exquisito.

La mujer se llama Amalia Sato y en una escueta versión de la tradicional ceremonia del té es capaz de traducir la esencia de la cultura japonesa. No en vano su nombre, asociado tanto a la traducción como a la revista Tokonoma, es inseparable de la fascinación que este universo ejerce sobre el público argentino. Un atractivo que no hace más que crecer: a los lanzamientos que algunas editoriales locales eligieron para este fin de año (obras de Kobo Abe, Minae Mizumura y Matsuo Basho) se suma el circuito de aficionados al teatro kamishibai y los cada vez más solicitados cursos de escritura japonesa. Por no hablar de la pasión por Haruki Murakami, cuyas dos primeras novelas (un ingreso a la gestación de su estilo literario) publicó Tusquets el mes pasado. O la intensidad del “Japón pop” del manga y el animé (historietas y dibujos animados para seguidores sin edad).

Sofisticado y universal

“No es algo que ocurra exclusivamente en la Argentina -comenta Sato-. Japón ya forma parte de la mentalidad occidental.”

Quizás por eso a Ryukichi Terao, hispanista, traductor y doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Tokio, no le sorprende la fidelidad con que muchos lectores argentinos aguardan la llegada de una nueva obra de Kobo Abe. Este escritor japonés, suerte de Kafka oriental que a mediados del siglo XX recreó un universo literario siniestro y extraño, es el autor de El mapa calcinado, libro que ya está en las librerías y que es la cuarta traducción de Abe que Terao realiza para la editorial Eterna Cadencia.

“A pesar de que gran parte de lo que estamos traduciendo fue escrito hace cincuenta años, no ha perdido la frescura para lectores actuales, sean japoneses o argentinos -asegura Terao, vía mail, desde Tokio-. El mundo abeano es un reflejo perverso de la modernidad, caracterizada por una soledad y alienación que estamos lejos de superar. Mientras haya lectores conscientes de la crisis que estamos enfrentando en el mundo moderno, las novelas de Abe seguirán ejerciendo un encanto particular.”

La herencia de la madre, de Minae Mizumura, es otro lanzamiento, en este caso a cargo de Adriana Hidalgo. Esta editorial tuvo un papel importante en la introducción de las letras japonesas en nuestro país. Según recuerda Amalia Sato, el poeta, ensayista y traductor Edgardo Russo, fallecido a mediados de este año y responsable en una época del sólido catálogo de Adriana Hidalgo, fue quien se empecinó en editar El libro de la almohada, de Sei Shônagon, cuando todavía no era tan frecuente la circulación de literatura japonesa en la Argentina. Eran fines de los años 90, se había estrenado en Buenos Aires Escrito en el cuerpo (film de Peter Greenaway inspirado en la obra de Shônagon) y el talentoso Russo pudo “ver” el potencial de esos relatos traducidos para el público local.

En lo que hace a La herencia de la madre, su autora explora dos temáticas particularmente conflictivas en la sociedad actual: la feminidad y la ancianidad (en la ficción, una mujer madura debe afrontar, casi simultáneamente, el divorcio y la decadencia física de su madre).

Un recorrido muy distinto es el que propone Diarios de viaje de Matsuo Basho. Considerado uno de los maestros del haiku (poemas muy breves, por lo general basados en el registro de la naturaleza y la yuxtaposición de dos ideas o imágenes), Bashô vivió en el siglo XVII y, pese a ser un neto urbanita, decidió recorrer a pie el Japón: de esa experiencia se nutren los Diarios de viaje.

Alberto Silva, poeta, ensayista, traductor, autor de la antología El libro del haiku (Bajo la Luna) y gran difusor del budismo zen a nivel local (www.zenba.com.ar), es uno de los traductores de la edición que acaba de lanzar el Fondo de Cultura Económica. “Sin haberlo buscado -comenta- esta edición de los Diarios de Basho prosigue el trabajo comenzado con El libro del Haiku“. Y describe su propio camino de iniciación en estos territorios: “A comienzos de los años 70 empecé a conocer la lengua específica del haiku, un vocabulario y una gramática simples y contundentes. Al hilo de esta pesquisa fui descubriendo a los grandes ‘personajes’ del haiku: el cuerpo (todo ocurre en el cuerpo de ese o aquel peregrino), el instante (hay que estar en estrecho contacto con la vida y la muerte para captar ese momento inimitable y saber ponerlo en palabras); el silencio (la búsqueda de lo que palpita lleva a extremar la atención)”.

Sesgo oriental

Se dice que fueron los franceses quienes, allá por el siglo XIX, abrieron las puertas a la fascinación occidental por la cultura japonesa. De hecho, el pintor y grabador Félix Bracquemond está considerado el descubridor “oficial” de las estampas japonesas: un buen día, Bracquemond (que estuvo vinculado a fábricas de porcelana de Sèvres y Limoges) recibió una encomienda con porcelana japonesa fabricada según el gusto occidental. Mientras desembalaba, decidió que el tesoro del envío no estaba en su contenido sino en el papel que lo recubría: delicados grabados ukiyo en los que, hasta ese momento, nadie había reparado.

En la Argentina lo japonés también tuvo sus embajadores notables: desde el artista Kazuya Sakai, que alrededor de los años 50 tradujo clásicos (y codirigió la editorial Ashoka, especializada en orientalismo), a la revista Sur, que le dedicó uno de sus números.

En la actualidad, editoriales pequeñas como Kaicron (http://www.kaicron.com.ar) tienen espacios dedicados a la cultura japonesa. Entre otros, Kaicron publicó el clásico Kumsakura. Almohada de hierbas, de Natsume Sôseki y Cerezos en tinieblas, de Higuchi Ichiyo, considerada la pionera del feminismo en Japón.

Y, desde ya, está la revista anual Tokonoma. Publicada desde 1994 por Amalia Sato, siempre significó un puente entre la sensibilidad local y la mirada nipona. Entre el juego y el ejercicio cultural, sus últimos números son una delicada cadena de textos creados por periodistas, escritores o artistas a partir de imágenes o palabras japonesas.

Aunque recientemente se lanzó al universo digital a través de un blog ( http://revistatokonoma.blogspot.com.ar) , la revista papel sigue viva, con el número 17 ya listo. Asimismo, el sello Series Tokonoma (https://www.facebook.com/seriestokonoma/) publicó dos encantadores libros de cuentos tradicionales para niños ilustrados por Nicolás Prior, en ediciones bilingües y con el formato de lectura oriental, de izquierda a derecha. El primer volumen está agotado: indicio de la enorme población de jóvenes que se lanzaron al estudio del japonés, muchos de ellos devotos del animé y el manga.

Muy cerca de estas búsquedas -el punto donde la palabra se encuentra con la imagen- está el kamishibai: pequeños retablos de madera donde se cuentan historias con láminas de papel desplazadas, muy suavemente, una tras otra. Son muchas las variantes que diseñadores contemporáneos, ilustradores, gente de letras y divulgadores de la literatura infantil han venido dando a este formato de teatro tradicional japonés: en el Club Kamishibai (www.clubkamishibai.com) se encuentran muchas de ellas. Incluso el Plan de Lectura del Ministerio de Educación impulsó talleres de kamishibai (cuyo carácter narrativo secuencial algunos asocian a los movimientos morosos del animé) para maestros.

Sutil e impregnada de espíritu contemporáneo, la cultura japonesa trasciende gestos, palabras e imágenes. Como en la librería Clásica y Moderna -lugar de referencia si los hay para los amantes de los libros- donde por estos días asoman, entre anaqueles y mesas de café, los delicados jacarandáes que la artista Cristina Coroleu pinta con la técnica de la aguada japonesa.
Fuente: LA NACIÓN

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Cae en los campos

Arrozales en Japón, 1935

Ta ni ochite  ta wo ochiyuku ya  aki no mizu

Cae en los campos,
cae desde los campos:
agua de otoño.

Buson

Así debe ser el haiku, perfectamente claro, sin ninguna mescolanza de elementos intelectuales. Al final del otoño, después que el arroz ha sido cosechado, el agua escapa de uno a otro campo hasta que se va toda. Esta agua, que uno podría pensar que es agua simplemente, no lo es. Es el agua de otoño. Comparemos estos versos con otros del mismo poeta:

Otoshimizu  tagoto no yami to  narinikeri

El agua que se escapa
se vuelve oscuridad
en cada campo.

Este es oscuro e intelectual. Es una suerte de pensamiento poético, un misticismo semi-verbal. En la noche, la brillante expansión del agua en cada campo se convierte en negro lodo, es decir, el agua de luz se transforma en campo de oscuridad.

Fuente:
R. H. Blyth: Haiku. Vol. IV. Hokuseido. Tokyo, 1951
Versión libre: JB

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125 Aniversario de la muerte de Van Gogh

Van Gogh: Retrato del Padre Tanguy

Van Gogh: Retrato del Padre Tanguy

Este 29 de julio se cumplen 125 años de la muerte del gran pintor holandés Vincent Van Gogh. Como un modesto homenaje, veamos algunas huellas del arte japonés en sus geniales creaciones…

Van Gogh: Puente colgante en Nieuw-Amsterdam Otoño, 1883

Van Gogh: Puente colgante en Nieuw-Amsterdam
Otoño, 1883

 

Utagawa Hiroshige: Puerta de entrada al santuario 1832-1835

Utagawa Hiroshige: Puerta de entrada al santuario
1832-1835

Vincent Van Gogh: Olivar Junio 1889

Van Gogh: Olivar
Junio 1889

 

Utagawa Hiroshige: Playa de las maiko en la provincia de Harima 1853

Utagawa Hiroshige: Playa de las maiko en la provincia de Harima
1853

 

Vincent Van Gogh: La noche 12-15 de mayo de 1890

Vincent Van Gogh: La noche
12-15 de mayo de 1890

Utagawa Hiroshige: Un monje preguntando el camino 1838-1842

Utagawa Hiroshige: Un monje preguntando el camino
1838-1842

 

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