La Habana está invadida ahora mismo de robles blancos que alegran casi cualquier lugar al que se mire, no importa si es una calle que sale al Malecón, un parque o una esquina atravesada por un latón de basura. El de la bicicleta pasa y ni se da cuenta de que camina sobre una lluvia de flores. La gente va y viene con ajetreado paso mientras le caen encima botones rosados. Un gorrión sacude las alas antes de echarse a volar y avienta millones de minúsculas partículas de polen. Hay alfombras tornasoladas sobre el césped de la ciudad. ¿Quién dice que en Cuba solo hay dos estaciones, el verano y el invierno? Deténgase aquí y véalo. Es mayo y tenemos primavera.
Un maestro del kirie en La Habana Vieja
Por Virginia Alberdi
La renovación de una de las técnicas ancestrales del arte japonés, el llamado kirie, se ha convertido en una de las razones de vida de Shu Kubo, creador que en las últimas décadas ha ganado connotación internacional al mostrar una estética rigurosa en sus obras realizadas a base de papel recortado.
Presente en la inauguración de la exposición Japonismo en papel, que se exhibe en la Casa Carmen Montilla, de La Habana Vieja, bajo los auspicios de la Embajada de Japón en Cuba y la Oficina del Historiador de la Ciudad, Kubo accedió a explicar en un taller el componente artesanal de la técnica.
Pero, como se sabe, la maestría no solo radica en el oficio, sino en la capacidad para transmitir reflejos y sensaciones en las obras. Y eso es lo que se admira en la serie desplegada en la galería: la connotación simbólica de los paisajes naturales o intervenidos por el hombre, e incluso la sublimación de estados anímicos que trascienden la mera representación figurativa.
Desde los pabellones y jardines de Kioto hasta la composición gráfica de estilo pop que juega con la palabra arigato (gracias en japonés) Kubo despliega un formidable poder de síntesis que equilibra la perspectiva con la articulación de planos geométricos.
No es casual que el artista se sienta deudor del gran Hokusai ni que por momentos recuerde las texturas del grabado tradicional nipón, el ukiyo-e. Por cierto, el Museo Nacional de Bellas Artes posee una colección de grabados de este tipo, la cual fue vista el año pasado como parte de la agenda conmemorativa de los cuatro siglos de la llegada del primer japonés a Cuba.
A todas estas, entre el ukiyo-e y el kirie existe un punto de contacto en la técnica de realización, y es el uso de instrumentos cortantes, uno sobre la madera y el otro sobre el papel.
Pero el papel que utiliza Kubo no es cualquiera. Fiel a la tradición del kirie, el soporte de las obras es un tipo de papel llamado washi, manufacturado a partir de fibras locales que consiguen tanto una muy fina textura como una asombrosa consistencia, mucho mayor que el papel fabricado con pulpa de madera.
Generalmente se utiliza en la actualidad en ediciones especiales de libros. Las tonalidades diferentes se avienen con la necesidad de restauración de documentos antiguos. Su excepcional capacidad de resistencia fisicoquímica lo hace irremplazable en este campo.
La singularidad del washi fue reconocida por la UNESCO en 2014 como parte del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
en mi cabaña
no hay nada y está todo:
¡la primavera!*
Yamaguchi Sodô
(1642-1716)
Esto es poesía sólo si se asume como una espontánea efusión de sentimientos sobre el asunto, como una fresca expresión del significado infinito de las cosas. Un ratón pasa sobre el tatami, y todo el Jardín Zoológico no podría manifestar mayor vitalidad. El moho cubre un viejo pedazo de cuero, y el misterio y poder de la naturaleza se revela. La “filosofía” de estos versos puede ilustrarse con un poema de Hakurakuten:
Un día de verano
Al atardecer, en la ventana del Este, no hay calor;
por la puerta Norte entra una brisa fresca.
Sentado aquí, recostado allí,
no he salido de la habitación en todo el día;
mas si la mente está en su esencia, se une a la nada,
lo mismo en nuestro hogar que en otras tierras.
Este pensamiento viene de Rôshi. Dice de un sabio:
Sin trasponer su puerta, lo sabe todo del mundo; sin mirar por su ventana, conoce el Camino del Cielo. Cuanto más lejos vamos, menos aprendemos. Así es que el hombre sabio conoce mediante el no-ir, percibe mediante el no-ver, hace mediante el no-hacer.
La expresión Zen de los versos de Sodô es más concisa y mejor:
En sí misma, no existe cosa alguna.
Este Mugaku, lo expresa de una manera caprichosa pero profunda:
Pensé
que me gustaría
darte algo,
pero en la secta Daruma
nada poseemos.
Fuente:
R. H. Blyth. Haiku. Vol. II. Hokuseido. Tokyo,
versión libre: JB
*Traducción del haiku: José María Bermejo