Tag Archive: Literatura cubana

Sé desaparecer

Carlos Enríquez: Dos Ríos (1939). Óleo sobre tela. Colección Museo Nacional de Bellas Artes.

Sé desaparecer.
Pero no desaparecería
mi pensamiento,
ni me agriaría
mi oscuridad.

José Martí

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El agua clara

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De un curujey
prendido a un jobo, bebo
el agua clara.*

José Martí
(La Habana, 1853 – Dos Ríos, 1895)

* Fragmento del Diario De Cabo Haitiano a Dos Ríos, obra en prosa original donde relumbran auténticos haikus…

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Jardines en el mar

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…Jardines en el mar, islas de rosas llamaría yo a las Canarias, dueñas de las más bellas flores de este mundo. Y no hablo ahora de otra cosa que la ya vista por mis ojos, y ojos tan recelosos que dudaban de lo que estaban viendo.

Otras muchas flores se dan también por estas riberas, y tan fácilmente, que crecen casi sin cultivo y sin suelo donde agarrarse: en el repliegue de unas breñas, en el pretil de un muro, a la orilla de todos los caminos.

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Las callas, de esbeltez aristocrática, asoman a granel y en cualquier parte; pero en ese descenso a los caminos de los hombres perdieron nombre y elegancia y se las conoce por un apelativo atroz: el de orejas de burro… Mala suerte.

El bouganville o buganvilia alcanza en estos lares estatura de árbol, y otro tanto sucede con la hortensia, cuyos macizos rebasan fácilmente la frente de una persona. Del magnolio no hablo, ni de la camelia; ambos son, en los pensiles tinerfeños, árboles de membruda corpulencia.

El lirio sanjuanero florece en todas las laderas, y en el monte de las Mercedes arraigan las violetas como la misma hierba.

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Allí, el hibisco y el geranio; allí, el clavel campante y la azucena cándida, y flores nuevas, sin nombre todavía, y flores viejas, cuyos nombres de olvidaron. Allí, todas las flores, y todas en la menos tierra y la menos agua; las flores, porque sí, porque lo quiso Dios, como diría el licenciado Núñez de la Peña.

Pero las rosas fueron mi delicia; no dejaron de serlo aun cuando las viera en abundancia y, por ello, tal vez, desposeídas del primer encanto irreal con que me sorprendieron…

Pero no; ellas, como la tierra que las sustentaba, conservaron siempre su prestigio de presencia milagrosa, su atractivo de bien perdido y vuelto a hallar, su vigencia legendaria.

Francisco Bonnin Guerin

Hoy, que estoy lejos, cuando pienso en las Islas, veo, primero que todo, sus rosas. Se quedaron por siempre en mi memoria como la fórmula mágica con que torno a formarlas en todos los meridianos de mis sueños.

Más que el Teide, cantado y recantado, son para mí las rosas signo del Archipiélago. Aun en aquellos terrones donde ni la grama apunta, diríase que hay una como rosa inmanente: la que nació una vez o nacerá algún día, o es solo -como la isla de San Borondón- el espectro de otra rosa hermana.

Dulce María Loynaz
(La Habana,1902 – 1997)

Pinturas: Francisco Bonnín Guerín
(Puerto de la Cruz, Tenerife, 1874 – Barcelona, 1963)

Fuente:
Dulce María Loynaz: Un Verano en Tenerife. Editorial Cauce. Pinar del Río, 2014

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