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Ensayo de Haikai Antillano

Portada Ensayo de Haikai antillano 1

En los finales del año 1957, en la ciudad de Cienfuegos, el escritor Eduardo Benet y Castellón publicó: Ensayo de Haikai Antillano. Años más tarde, en 1962 daría a la luz: Un jabuquito de haikáis. Con estas dos ediciones, rudimentarias y entrañables, entra el haiku a la literatura cubana.

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Eduardo Benet y Castellón
Ensayo de haikai antillano
El haikái se escribe en una hoja de cerezo
Prensa Excélsior
Cienfuegos Cuba

ADVERTENCIA

Florentino Morales, el admirable poeta de la miel y de la sal, puso en mis manos, “Alfredo Boni de la Vega, Hojas de Cerezo, ̶ ̶ Primera Antología del Haikái Hispano, ̶ ̶ El haikái se escribe en una hoja de cerezo. ̶ ̶ México, 1952. ̶ ̶ Bajo el signo de Ábside.”

Abrumado entonces por la angustia, no vi del libro más que la fraternal dedicatoria; pero… una noche, al leer la presentación de él por Alfonso Méndez Plancarte, no pude entregarme al sueño. Si la obligada forma haikaica de este librito humilde no me lo impidiera, yo insertaría, con la venia del autor, para deleite de los poetas y lectores, y un legítimo blasón de Alfonso Méndez, ese opúsculo admirable que denota una extraordinaria capacidad crítica, un exquisito gusto poético y una encantadora amenidad como escritor. De Alfredo Boni me deja asombrado el generoso empeño de divulgar la exquisita forma lírica del haikái hispano y el acierto tenido en su cultivo y selección.

Y ahora veamos, aunque sea de una ojeada, lo que nos dice Méndez Plancarte del haikái:

“Mínimo y dulce género de poesía lírica, instantánea y sintética, tierna y sonriente, en su amor a la naturaleza; sutil y fúlgida en su agudo concepto o en su virgen metáfora, leve en su parva música cristalina.”

“Una brevísima forma poemática original y típicamente de sólo tres versos (una de 7 entre dos de 5 sílabas).”

“Pero esa identidad de molde silábico, ni bastaría por sí para el haikái, ni le es tampoco imprescindible en rigor. En su moderna difusión ̶ ̶ francesa, inglesa o hispana ̶ ̶ se reduce sin mengua sustancial, a estos caracteres: la brevedad de sólo tres versos (sin excluir su reducción a dos, cuando no a uno solo o su extensión a cuatro, menos feliz), y entre nosotros, con una rima por lo común de simple asonancia, entre el primero y el tercero; y la preferencia por los metros de arte menor, ora homogéneos, (los tres de 7, de 8 o de 9…), ora, más sugestivamente, de heterogénea y libre musicalidad.”

“Su esencia irreductible al madrigal o al epigrama satírico tradicionales, florece de el kidái o sentimiento de la naturaleza, ha dicho Takahama sobre todo el amor a los pequeños seres, captados en sonrientes y ágiles instantáneas.”

Y aquí me permito una digresión: Es innegable cierto sabor epigramático del haikái; pero sin llegar al anejín, la copla prosaica y vulgar. Distan mucho, en su esencia, uno de otro.

Un pensamiento reducido a tan graciosa simplicidad, que pueda confundirse con un temblor, un murmurio o el paso de un aroma en el aire, como los vio Paul Valéry.”

Según Méndez Plancarte, José Juan Tablada, el inicial y sumo haijín (o artífice de haikáis) lo trazó así:

“Para el haijín no hay trivial cosa.
Todo un drama cabe en un grito:
la serpiente es un infinito,
y Psiquis… una mariposa…”

“Primacía de la calidad sobre la masa. ̶ ̶ Un minuto feliz y nada más: pero al que deberán muchos artistas, aun los de caudalosa producción, su más vivaz y erguido renombre. Así Cetina, el de los Ojos claros, serenos… ganó con 9 versos mayor cúspide que otros con millares de octavas. ̶ ̶ “
Porque un haikái dichoso vale artísticamente mucho más que varias Epopeyas de América y demás Platanias y Amazonias de cualquier laureadísimo superhomérida continental, desde que la poesía no es cosa de toneladas. El colibrí es mayor que el avestruz para el metro de la belleza. O según el loco y sabio Arcipreste:

Chica es la calandria
e chico el ruiseñor;
pero más dulce cantan
que otra ave mayor;
y en azúcar muy poco
yace mucho dulzor…
como en la chica rosa
cabe mucho color.

“Para no excluir enteramente a ciertos nombre insignes, sobre todo de la península, tuvo que darse aquí excepcional cabida a algunos haikáis virtuales: ya poemitas que cumplen sus condiciones, mas por ventura un poco inconscientemente, sin que a veces nos conste que su autor haya soñado en tal género, ni aun sabido quizás su nombre; o bien estrictas joyas de dicha índole, pero que sólo han resultado tales al descuajarse de un contexto mayor.”

Hasta aquí Alfonso Méndez. Definido tan certera y poéticamente el haikái, podrá el lector distinguir en esta colección los falsos de los que pudieran llamarse piadosamente auténticos; y perdonarme, pues no significan más que un modesto ensayo de un cubano.

Si alguien cree que es tarea fácil, que trate de hacer uno como este de Matsura Bashio, traducido de una versión italiana por Méndez Plancarte:

Mariposa
tan ligera como un pétalo
de rosa.

O:

Luna: si un manguito
te pusieran, ¡qué bello
abanico!

O este, de nuestro Martí:

Rojo, como en el desierto,
salió el sol al horizonte
y alumbró al esclavo muerto.

Algunos de este libro fueron escritos antes, sin sospechar que existiera el citado molde lírico, y están ahora aquí como los citados por Plancarte. Otros, bajo la presión de la romántica belleza y la sencillez encantadora del género; pero sin miras a pasar por haijín, y sin pretender que otros se animen, porque ahora comienzo, ya tengo el pelo blanco, y hacer alto no es posible.

Por último: hubiera sido insoportable que dejara de reflejarse en algunos de estos poemitas, el estado de conciencia del autor ante la fatal tragedia de esta patria.

E. B. y C.

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Sé desaparecer

Carlos Enríquez: Dos Ríos (1939). Óleo sobre tela. Colección Museo Nacional de Bellas Artes.

Sé desaparecer.
Pero no desaparecería
mi pensamiento,
ni me agriaría
mi oscuridad.

José Martí

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El agua clara

curujey 2

De un curujey
prendido a un jobo, bebo
el agua clara.*

José Martí
(La Habana, 1853 – Dos Ríos, 1895)

* Fragmento del Diario De Cabo Haitiano a Dos Ríos, obra en prosa original donde relumbran auténticos haikus…

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Jardines en el mar

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…Jardines en el mar, islas de rosas llamaría yo a las Canarias, dueñas de las más bellas flores de este mundo. Y no hablo ahora de otra cosa que la ya vista por mis ojos, y ojos tan recelosos que dudaban de lo que estaban viendo.

Otras muchas flores se dan también por estas riberas, y tan fácilmente, que crecen casi sin cultivo y sin suelo donde agarrarse: en el repliegue de unas breñas, en el pretil de un muro, a la orilla de todos los caminos.

bonnin guerin 2

Las callas, de esbeltez aristocrática, asoman a granel y en cualquier parte; pero en ese descenso a los caminos de los hombres perdieron nombre y elegancia y se las conoce por un apelativo atroz: el de orejas de burro… Mala suerte.

El bouganville o buganvilia alcanza en estos lares estatura de árbol, y otro tanto sucede con la hortensia, cuyos macizos rebasan fácilmente la frente de una persona. Del magnolio no hablo, ni de la camelia; ambos son, en los pensiles tinerfeños, árboles de membruda corpulencia.

El lirio sanjuanero florece en todas las laderas, y en el monte de las Mercedes arraigan las violetas como la misma hierba.

bonnin guerin 1

Allí, el hibisco y el geranio; allí, el clavel campante y la azucena cándida, y flores nuevas, sin nombre todavía, y flores viejas, cuyos nombres de olvidaron. Allí, todas las flores, y todas en la menos tierra y la menos agua; las flores, porque sí, porque lo quiso Dios, como diría el licenciado Núñez de la Peña.

Pero las rosas fueron mi delicia; no dejaron de serlo aun cuando las viera en abundancia y, por ello, tal vez, desposeídas del primer encanto irreal con que me sorprendieron…

Pero no; ellas, como la tierra que las sustentaba, conservaron siempre su prestigio de presencia milagrosa, su atractivo de bien perdido y vuelto a hallar, su vigencia legendaria.

Francisco Bonnin Guerin

Hoy, que estoy lejos, cuando pienso en las Islas, veo, primero que todo, sus rosas. Se quedaron por siempre en mi memoria como la fórmula mágica con que torno a formarlas en todos los meridianos de mis sueños.

Más que el Teide, cantado y recantado, son para mí las rosas signo del Archipiélago. Aun en aquellos terrones donde ni la grama apunta, diríase que hay una como rosa inmanente: la que nació una vez o nacerá algún día, o es solo -como la isla de San Borondón- el espectro de otra rosa hermana.

Dulce María Loynaz
(La Habana,1902 – 1997)

Pinturas: Francisco Bonnín Guerín
(Puerto de la Cruz, Tenerife, 1874 – Barcelona, 1963)

Fuente:
Dulce María Loynaz: Un Verano en Tenerife. Editorial Cauce. Pinar del Río, 2014

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