Tag Archive: Haibun

Tarde de febrero

Cigua_Dulus_dominicus 1

En la tarde anduve con los perros por el área verde en las cercanías del río Isabela.

Me interné por sendas que sólo ahora, en la época de sequía, se hacen transitables. Los matojos conservan sus flores secas y el verdor de la yerba comienza a marchitarse.

Aún así hay espacios de yerba tupida, donde Bu, el galguito joven, parecía flotar en los brincos de su veloz carrera.

Y entre la maleza, qué bueno encontrar una corriente de agua, clara y silenciosa, que deja ver las piedrecitas tranquilas de su fondo.

Ya cayendo el sol retornamos. Acompañados por la brisa.

Canto de ciguas.
Los perros, detenidos,
olfatean.

El agua clara.
Donde se ve la tierra
y se ve el cielo.

Rafael García Bidó
(Santo Domingo, República Dominicana)

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La Morada de las Ilusiones

hiroshige_luna de otoño sobre el ishiyama

Más allá de Ishiyama, detrás del monte Iwama, hay una colina llamada Kokubuyama. El nombre, creo que es una alusión al monasterio provincial (Kokubun-ji). Si se cruza el estrecho arroyo que corre a sus pies y se sube la pendiente, luego de tres curvas que están a doscientos pasos una de otra, se llega al santuario del dios Hachiman. El objeto de culto es una estatua del Buda Amida. Esta es una de las cosas que más aborrecen en la escuela Yuiitsu, aunque considero que resulta admirable, como afirma Ryôbu, que los bodhisattvas atenúen sus luminosidades y se mezclen con el polvo para beneficiar al mundo.

Hay días en que ni un fiel visita este santuario donde reina un silencio misterioso. Junto a él, una choza abandonada, con su puerta de juncos: las zarzas y las hierbas de bambú invaden los aleros; goteras en el techo; el estuco caído de las paredes… Los zorros y los tejones han hecho allí su madriguera. La llaman Genjû-an. Su propietario era un monje, tío del guerrero Suganuma Kyokusui. Hace ocho años que desapareció, no queda nada de él, sino su nombre: el Viejo Genjû.

Hace unos diez años que renuncié a la vida en la ciudad y, ya próximo a los cincuenta, soy como un gusano que perdió su capullo, como un caracol sin su coraza. He bronceado mi rostro con el cálido sol de Kisagata en Dewa, y magullado mis talones en las playas ásperas del mar del Norte, donde las altas dunas dificultan el andar, y este año aquí estoy, a la deriva, entre las olas del lago Biwa. El somormujo adhiere su nido flotante a un solo hilo de caña para evitar que lo arrastre la corriente. Con un pensamiento similar, reforcé con más paja el alero de la cabaña, cubrí los huecos de la valla, y, al comienzo del cuarto mes, primero del verano, me mudé a ella, pensando que sería apenas una breve estancia. Ahora, sin embargo, comienzo a preguntarme si la voy a dejar alguna vez.

No se ha ido del todo la primavera. Todavía florecen las azaleas, las glicinas silvestres cubren los pinos y, de vez en cuando, pasa un cuco. Recibo el saludo de los arrendajos y disfruto cuando los pájaros carpinteros vienen a picotear. Siento como si mi espíritu hubiera se desplazado a China para ver el paisaje en Wu o Chu, como si estuviese de pie junto a los encantadores ríos Xiao y Xiang, o a la orilla del lago Dongting. Detrás de mí, hacia el sudeste, se alza la montaña y las casas más próximas se hallan a una buena distancia. Las fragantes brisas del sur soplan desde las cimas, y el viento del norte se refresca en el lago.

El monte Hie, el alto pico Hira y, al lado de ellos, los pinos de Karasaki velados por la niebla; y también un castillo, un puente y barcos de pesca en el lago. Las voces de los leñadores en su camino a Kasatori, y la canción de las plantadoras en los pequeños campos de arroz al pie de la colina. Las luciérnagas tejiendo el aire en la penumbra de la noche, el áspero silbido de los rascones. Y el Mikamiyama, que se parece un poco al Fuji y me recuerda mi vieja casa en Musashino, mientras que el monte Takanami me hace rememorar a todos los poetas de la antigüedad que se asocian a él. Otras montañas son: la Cima de la Hierba de Bambú, la Cumbre de Mil Yardas, el Hakama Estrecho… Hay una Aldea del Remanso Negro donde el follaje es tan denso y oscuro que cuando los hombres tienden sus aparejos de pesca, se ve exactamente como se describe en el Manyôshû.

Para tener una vista mejor de los alrededores, equipado con una estera de paja, he subido a la altura detrás de mi cabaña, donde preparé una plataforma entre los pinos. Le llamo la Atalaya del Mono. No estoy en el grupo de esos excéntricos chinos como Xu Juan, que se construyó un nido en un manzano silvestre para allí dedicarse a la bebida, ni como el viejo Wang, que hizo su refugio en la cima de Shubo. Apenas soy un habitante de la montaña, tranquilo por naturaleza, que ha vuelto sus pasos a las empinadas cuestas y se sienta aquí, en las vacías colinas, para despiojarse.

A veces, cuando tengo buen estado de ánimo, acarreo agua clara desde el valle y cocino mi comida. El goteo del manantial alivia mi soledad, y con mi pequeña estufa, todo puede ser de cualquier modo, menos confuso. El hombre que vivió aquí antes era verdaderamente noble de corazón. No se preocupó por elaboradas construcciones: una pequeña pieza para la imagen de Buda y un espacio para los enseres del dormitorio.

Un eminente monje del Monte Kôra, en Tsukushi, hijo de un tal Kai del santuario de Kamo, viajaría pronto a Kyoto, y le mandé a preguntar con alguien si podría hacerme una caligrafía. Sin hacerse de rogar, mojó su pincel y escribió en una tabla los tres caracteres: Gen-jû-an. Se ha convertido en la enseña de mi choza de paja.

Hogar de la Montaña, Reposo del Viajero, como quiera que se le llame, es el tipo de lugar en el que no se necesita un gran número de pertenencias. Un sombrero de corteza de ciprés de Kiso; y de Koshi, una capa de juncos para la lluvia; todo, colgado en un poste sobre mi almohada. Durante el día, de vez en cuando, me distraigo con la gente que se detiene para visitarme. El anciano que cuida del santuario o los hombres de la aldea que vienen a contarme sobre el jabalí que se está comiendo las plantas de arroz, o los conejos que se meten en los sembrados de frijol, historias campesinas que son bastante nuevas para mí. Cuando el sol roza la cresta de los montes, me siento en medio del silencio nocturno para esperar a la luna, así tendré una sombra por compañía, o enciendo una lámpara y hablo del bien y el mal con mi silueta.

No soy ciertamente del tipo que, enamorado de la soledad, oculta todo rastro de sí mismo en los valles y montañas. Pero agobiado por una frecuente enfermedad y cansado de tratar con la gente, ahora me parezco a quienes han renunciado al mundo. Una y otra vez repaso los errores que he cometido por torpeza en todos estos años. Hubo un tiempo en el que envidié a quienes ostentaban cargos gubernamentales o impresionantes señoríos, y en otra ocasión consideré entrar en los recintos de Buda y las salas de enseñanza de los patriarcas. En vez de eso, he maltratado mi cuerpo en un peregrinar tan azaroso como el de las nubes a merced de los vientos, y me ocupé de cantar los sentimientos que evocan flores y las aves. He logrado ganarme así la vida y, finalmente, poco diestro y sin talento como soy, me entrego totalmente a esta única preocupación: la poesía. Bo Juyi bregó tanto con ella que casi arruina sus cinco órganos vitales, y Du Fu enflaqueció y se consumió por su causa. En lo que respecta a la inteligencia y calidad de sus escritos, nunca podría compararme con tales hombres. Y sin embargo, ¿acaso no vivimos todos en una morada de ilusiones? Pero basta ya. Hay que dormir.

Bosque estival.
Bajo el árbol de shii
encuentro amparo.

Matsuo Bashô

Versión en español: JB.

Bibliografía consultada:
Haruo Shirane: The Poetry and Prose of Matsuo Bashô.
Makoto Ueda: Matsuo Bashô. Kondansha International. Tokyo and New York, 1988.
Sieffert, René: Bashô, Journaux de voyage. Publications orientalistes de France. Paris, 1988

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Marzo

Cándido Bidó

Cándido Bidó: El sueño multiplicado

El clima en las islas de eterna primavera, en realidad tiene dos períodos bien diferenciados: el de las lluvias y el tiempo de sequía.

La mayor parte del año la lluvia está presente en sus diversas manifestaciones. La de abril y mayo es una bendición. En verano y otoño una exageración, sobre todo si viene acompañada del viento concéntrico, huracán o tormenta, que daña los cultivos y las casas y la vida de los más pobres. La de diciembre y enero es mansa y pasa desapercibida en medio de las fiestas de fin de año.

El día exacto en que deja de llover nadie lo sabe, pero es en marzo que nos damos cuenta de que en el campo la tierra está agrietada, los humedales están secos y la yerba se ha tornado de un color rojizo.

Tiempo difícil para el ganado suelto en los potreros, por la escasez de agua y de alimento. En las montañas los pinares y los pajonales de los valles, también los campos sembrados de caña en la llanura, de cualquier cosa se incendian, azuzados por un viento de cuaresma que en los pueblos levanta en remolino el polvo y la basura de las calles.

Y marzo suele ser largo, largo. Tal vez porque promete primavera.

Que todo pasa
les recuerda el anciano
en la sequía.

Rafael García Bidó
(Santo Domingo, República Dominicana)

Fuente: Viento y Bambú

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El Caballero de París

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Arribó a Cuba como muchos otros inmigrantes españoles. Su único ajuar: la negra sotana y periódicos viejos que, por las noches, se convertían en lecho. Cualquier portal como aposento. Esa imagen quijotesca, con sus ilusorias vivencias soberanas, urdió contradicciones en torno a su pasado. Yo tenía castillos…así comenzaba una de sus historias más notables.

Se convirtió en símbolo de la ciudad. Anduvo durante años en constante peregrinación por los barrios habaneros, siempre escoltado por la muchachada. ¡Un vagabundo extraordinario, respetado y admirado por todos!

A la entrada del convento de San Francisco de Asís, en La Habana Vieja, una estatua de bronce perpetúa su memoria. Son muchos los que paran junto a ella y se aferran a su mano izquierda…

Pose de andante
Bruñido el dedo índice
del Caballero…

José Manuel Rodríguez

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