Lezama y el árbol

arbol amilkar feria 1

Cada árbol es una catedral de hojas y cada hoja una catedral de estancias. Un animal tiene cuatro patas porque no puede tener dos, porque es un mamífero todavía de poca alcurnia. El hombre tiene dos, porque otras dos ya logró convertirlas en manos. El árbol, sin embargo, amigo, se sostiene cómodamente sobre una sola extremidad y así de paso no no se deja arrastrar por exabruptos y otras velocidades.

El árbol, como yo, como usted ahora, es un viajero inmóvil, alguien que tiene prisa por estarse quieto, por serenarse bajo un cielo en movimiento. El árbol se traslada con expansión y es fiel a su paisaje. Es el único sujeto leal al horizonte: no juega con él, no intenta acercarlo ni alejarlo.

El árbol es un misterio inicial y el misterio en franca reducción. El árbol es el esbozo invertido de una campana sin sonidos, es el pasado de la cruz. Y cualquier árbol es el árbol de la vida, el traficante en oxígenos. Cualquier árbol da pan y da manzanas, cualquiera descorcha vinos y pare azahares. Un solo pájaro llegando a la hoja anfitriona, a la amplia rama hotelera, fue suficiente razón para que Dios emprendiera el proyecto de árbol. A ese mismo proyecto multiplicado por el infinito, lo llamó, excitado, divertido, con el nombre altisonante de bosque.

El bosque es, pues, la altisonancia, el abolengo vegetal, el delirio de la creación, el frenesí de jugar con un dedo creativo e instantáneo. Dios puso el dedo, su dedo de Dios, y lo iluminó a usted y me puso luz a mí y lanzó la iniciativa de los bosques, de donde debíamos tomar la fruta y la sombra y la flecha y la silla y la mesa y la cama, para hacer un tránsito relativamente seguro y confortable.

José Lezama Lima

Fuente:

Félix Guerra: Para leer debajo de un sicomoro. Colección Sur Editores. La Habana, 2013
Ilustración: Amílkar Feria

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