Haikus en el corredor de la muerte

haikus en el corredor de la muerte 1

Poemas desde el patíbulo

Haikus en el corredor de la muerte (Hiperión) reúne una selección de poemas escritos por condenados a la horca en Japón.

ALBERTO GORDO | 23/10/2014


Existe en Japón, desde antiguo, la creencia de que la poesía sirve para afrontar la adversidad con entereza. Que si uno está disgustado o triste, ha perdido un pariente o sufre por desamor, la mejor medicina es el poema. No ha de extrañarnos, por tanto, que algunas de las más vivas composiciones del género estén entre los llamados haikus de muerte, o lo que es lo mismo, entre los haikus de aquellos que van a morir, y se despiden. Toda una larga, milenaria tradición respalda esta última costumbre, y ahora un libro coordinado por Elena Gallego y Seiko Ota (Haikus en el corredor de la muerte, Hiperión) recoge una selección de textos con la particularidad de que pertenecen, todos, a ejecutados de los últimos cien años. Se trata de composiciones herederas de jisei no ku (literalmente: “palabras al abandonar el mundo”) que han cultivado incluso los samurais en los momentos previos al harakiri.

Aquí no predomina el desgarro, sino la serenidad. Poetas improvisados, algunos llegaron a aprender la técnica del haiku en prisión. Es el caso de Kooyoo, muerto a los 28 años. Comenzó a escribir en la cárcel y se despidió con un haiku en el que retumba su voz aterrada en los muros de la celda:

Cuando me callo,
la pared empieza a sonar.
Tarde primaveral.

Se lee en casi todos, como en el antecitado, el llamado kigo o ritual “palabra de estación”, cuya presencia en los haikus tienen teorizada las coordinadoras de este volumen en otro libro de la misma editorial y que, dicen, no es solo una señal que identifica la época del año, sino que “nos transmite una imagen o símbolo de la estética tradicional”. Otro ejemplo lo encontramos en el haiku de Uichi, que le quita hierro a la ejecución el día de la víspera:

Ejecución mañana;
igualo las uñas cortándolas,
noche primaveral.

Al profesor Fernando Rodríguez-Izquierdo, autor del prólogo de la antología, ese haiku, “su elegante gesto”, le recuerda a un célebre tanka (cinco versos), atribuido a Sookan Yamazaki, que fue ejecutado en 1540:

Si alguien preguntara
adónde ha ido Sookan,
decid tan sólo:
“Tenía cosas que hacer
en el otro mundo”.

Hay condenados que se quieren ir despacio y en silencio, como Bokuisi en 1914: “¿Una palabra de despedida? / La nieve que se derrite / no huele”. Para Rodríguez-Izquierdo, el condenado quiere decir que “la palabra de despedida debe ser tan discreta como el tránsito de la nieve al agua (tránsito que, por cierto, es transformación, más bien que muerte)”. Los hay que comienzan con fuerza hasta que decaen las palabras: “¡Despejado cielo / invernal! / No tengo dónde agarrarme”, y otros que expresan un deseo inalcanzable: “Estando en la celda, / por el cielo voy primaveral / estoy corriendo”. La brevedad del haiku acaso sea el molde perfecto para este último descargo, opina el prologuista y experto en Japonología de la Universidad de Sevilla. Esa brevedad que predispone al laconismo, así como la rotundidad de los tres versos. Si es que cabe decir que algún haiku no surge, en principio, como un adiós. “No hay ningún verso en toda mi vida que no sea un poema de despedida”, escribió Bashoo en 1694. Y antes de irse:

Un viejo estanque:
se zambulle una rana,
ruido de agua.

El haiku iguala, como iguala la muerte. Escriben inocentes, culpables, arrepentidos. Masashi voló en 1974 un edificio de la Mitsubishi. Mató a ocho personas e hirió a 165; y dice:

Canción revolucionaria,
la canto en voz baja.
Despejado en tiempo de lluvia.

Un capítulo entero está dedicado a los haikus para las madres. “Solo una tarjeta / recibí en Año Nuevo; / era de madre”, se lee en el de Footen, ejecutado a los 30 años. El Año Nuevo japonés es otra presencia constante en los poemas: hay tres días en que se detienen las ejecuciones y algunos encuentran el sosiego necesario para escribir. Un derrotado de la Segunda Guerra Mundial fue condenado en 1962; poco antes de morir, a los 48 años, escribió sobre su sentimiento de culpa: “Me golpean / me golpea Dios. / Paso la Nochevieja”. Y más culpa, la Shoogetsu, que se pasaba las horas abrazado a la tablilla mortuoria budista de su madre, por cuyo asesinato cumplía condena e iba a ser ejecutado: “Flores de cereza derramándose, / diciéndome “muérete”, / me lleva encima”.

El libro termina con un epílogo y una nota de denuncia. El haiku de despedida está tan interiorizado en Japón como la pena de muerte. En el epílogo, Elena Gallego da las últimas noticias sobre la pena capital en el país, que se lleva a cabo siempre con la horca y que en contadísimas ocasiones, dice, y pese a la manifiesta inocencia de algunos reos, se ha suspendido una vez pronunciada la sentencia. Significativa es la excepción de Hakamada Iwao, que salió este mes de marzo del corredor de la muerte e inmediatamente ingresó en el Libro Guinness de los récords: había estado cuarenta y ocho años esperando la ejecución, más que ningún otro ser humano en la historia.

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One Response

  1. jorgebraulio dice:

    he aquí otra reseña del mismo libro:

    POESÍA
    Elena Gallego y Seiko Ota (eds): Haikus en el corredor de la muerte
    Prólogo de Fernando Rodríguez-Izquierdo. Madrid. Hiperión, 2014. 142 págs.

    Por Inmaculada Lergo Martín
    Difícilmente podrás, lector, tener en tus manos un libro que te cause un impacto mayor que éste que publica ahora Hiperión, traducción al español, en edición bilingüe, de otra anterior japonesa. Haikus en el corredor de la muerte recoge una selección de composiciones escritas por condenados a muerte, en su mayoría ejecutados ya, y algunos en espera de revisión de sentencia.

    A la conmoción que provoca el leer tan delicadas piezas escritas “bajo la guadaña de la muerte”, se une la extrañeza de una práctica que, según leemos en el prólogo de Fernando Rodríguez-Izquierdo, es habitual en Japón. Su tradición cultural hace que el japonés tenga asimilada, al menos oída, la enseñanza de que ante la adversidad se debe responder escribiendo un poema: “¿Estás disgustado?”, “Tu persona querida ha muerto”, “¿Estás preocupado porque te hallas a punto de morir dejando cosas inacabadas?” Entonces sé valeroso, y compón un poema sobre la muerte. Cualquiera que sea la injusticia o la desgracia que te turbe, renuncia cuanto antes a tu resentimiento o a tu pena y escribe, como ejercicio moral, algunas líneas de versos sobrios y elegantes”. Así pues, estos haikus “fluyen a una con toda esa corriente”. Bajo esta mirada, podremos disfrutar el libro en lo que tiene de poesía y de belleza, sin que por ello cada página deje de estremecernos, pues acompaña a cada poema una breve nota sobre el autor, aclarando las circunstancias, edad y fecha del ajusticiamiento -que lo es siempre en la horca- más un índice de autores con la edad que tenían en el momento de la ejecución. Entre ellos encontramos desde personas que han asesinado a su madre, hasta aquellos cuya inocencia se descubrió después.

    Los poemas se han organizado por temas en cinco capítulos, según el tono dominante en ellos: “La soledad”, “Lazos-madre-pueblo natal”, “Mi culpa”, “Vivir”, “Despedida”. La nota común que subyace en todos es la de la aceptación de ese destino. No sé si nuestra sociedad actual, que sólo soporta el placer y la satisfacción inmediata de toda necesidad, real o instalada socialmente como tal, entendería que alguien, en este caso el poeta Issa, en 1826, antes de morir de frío en medio de una nevada, escribiera un haiku (encontrado junto a él) dando gracias al cielo y al dios Amida (Buda de la misericordia): “Gracias al cielo: / la nieve en mi jergón / viene también de Amida”; o que el condenado a muerte Kazuyuki escriba: “Cuerda, para no ensuciarla / me limpio el cuello. / Agua de Kan” (Kan hace referencia a la lluvia de la época mas fría del año).

    Otro acierto del volumen, que apreciará todo amante de la escritura japonesa y el simple curioso que se acerque a ellos, es presentar una “Lista de Kigos”, caracteres que se incluyen tradicionalmente en el haiku, con la indicación del poema en que lo podemos encontrar.

    Esta antología, traducida y editada por Elena Gallego y Seiko Ota, se publica con la encomiable intención final de “mostrar una realidad desconocida del mundo japonés en el mundo hispánico”: la realidad de unas ejecuciones que se han venido y se siguen haciendo en Japón, con el agravante del silencio social sobre un tema que se considera tabú. Con la pequeña contribución de esta reseña, quisiera sumarme al propósito de sus autoras. Una mayor difusión puede avivar el debate y quizá contribuya a desterrar, no sólo de Japón sino del resto de países donde sigue vigente, la pena de muerte.

    “Inclino mi cabeza en reverencia hacia la existencia de seres humanos”, dice en el Prefacio el crítico y filósofo Tsurumi Shunsuke. Yo la inclino igualmente ante la humanidad de todos los responsables de que este volumen esté en la calle: sus compiladoras, prologuista y editorial, así como a los que lleguen al final de la lectura de esta reseña y después hablen y comenten sobre el libro; porque los pequeños gestos son siempre los más importantes, y quizá suceda aquello de que el aleteo de las alas de una mariposa provoque un Tsunami al otro lado del mundo. Un aleteo de mariposa es este Haiku, entre otros, de Kikusei, ejecutado a los 43 años, que aprendió a escribirlos en la cárcel: “Golondrinas, /palomas y gorriones, /adiós.”

    Fuente: El Imparcial

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